Friday, May 30, 2008

La muerte, la deportación y la tristeza

La esquina
La muerte, la deportación y la tristeza
Por Alberto Avendaño

Jorge Villatoro llegó a Estados Unidos con la diáspora salvadoreña de los años 80. Son los años de la guerra civil. Los años que llevaron a muchos a cometer ese acto de osadía que es migrar. Ese reto al destino. Villatoro se estableció entre nosotros y llevó adelante a su familia: su hijo y su hija, hoy adultos, junto a su esposa Guadalupe, a quien le unía una relación de más de 30 años. Primero vino él, le dijo su hermano Arnulfo a la reportera de El Tiempo Latino Milagros Meléndez Vela. Luego le seguirían seis hermanos y hermanas y los padres. El martes 27 de mayo, el destino asestó el golpe más cruel a Villatoro y a los suyos: se lo llevó la muerte a manos de unos delincuentes que entraron a robar en “Variedades Jenny”, la tienda familiar en la University Boulevard de Silver Spring. Los ladrones asesinaron la historia inmigrante de un salvadoreño del cantón El Mogotillo, en el departamento salvadoreño de La Unión. Su familia, su amada Liga de fútbol de Arlington, su comunidad nunca lo olvidará. Descanse en paz.

Deportación. El sistema ¿legal? migratorio no funciona y su falta de eficiencia lo hace injusto, inhumano, y hasta perverso. Y al final el costo es compartido entre los de acá y los de allá. El costo económico de hacer redadas, de establecer campos de concentración, de introducir en el sistema criminal a trabajadores, de resquebrajar unidades familiares. Y el costo social de crear tensión comunitaria, de exacerbar el estereotipo, de convocar el fantasma del rechazo.

Tristeza. Mike Anthony tiene cuatro años y el sistema migratorio, la ley, lo ha separado de su mamá Bessy. Ella está en Honduras porque era indocumentada. Él vive al cuidado de un adulto en Woodbridge, Virginia. Bessy había dejado una carta ante notario para que, en caso de ser detenida, se entregara la custodia del niño a una persona de confianza. Evitó así que su hijo cayera en manos de la asistencia pública, impersonal y burocrática. Pero Bessy no pudo evitar que su hijo presenciara a oficiales de inmigración arrestarla, esposarla y llevársela mientras el pequeño se abrazaba inútilmente a sus piernas, gritando, y con los ojos arrasados por el llanto. Milagros, la reportera de El Tiempo Latino, escuchó la voz de Bessy por teléfono desde Honduras y observó la mirada del pequeño Mike en Virginia. Reportar es a veces un ejercicio de angustias. El trabajo consiste en enumerar a los 280 mil deportados en 2007, a los miles en centros de detención, a los cinco millones de niños cuyos padres son indocumentados, a los tres millones que nacieron en Estados Unidos. Y seguir haciéndolo para hacerlo mejor cada vez. Por el bien común, como periodistas, como latinos, como estadounidenses. Para que algún día dejemos de pagar un precio tan alto y tan cruel.

Alberto Avendaño
alberto@eltiempolatino.com

Friday, May 23, 2008

¿Por qué Ted Kennedy importa?

La Esquina
¿Por qué Ted Kennedy importa?
Por Alberto Avendaño

Se sintió enfermo en Hyannis Port, el mismo lugar donde hace casi 50 años su padre, Joseph, el patriarca, sufrió un derrame que lo ató por años a una silla de ruedas. El senador demócrata Edward Moore Kennedy, Ted, fue diagnosticado esta semana con un tumor cerebral maligno que, según los médicos, puede acabar con su vida en los próximos meses. Uno se siente testigo y espectador emocional de la mortalidad de una familia épica. Una historia que comenzó el 22 de noviembre de 1963 con el asesinato del presidente John F. Kennedy, y que volvió a manchar de sangre las manos de la historia de Estados Unidos en 1968 cuando cae abatido el precandidato presidencial Robert F. Kennedy. Este mayo de 2008 es el mes más cruel para Ted Kennedy quien, de los tres hermanos, es el que tuvo tiempo de bregar en el sudor diario de la política. Porque si John y Robert fueron los arquitectos del sueño y de los ideales, la vida puso a Ted al frente de la carpintería.

El joven. Ted Kennedy se lanzó en 1962 a recuperar el puesto en el Senado que había dejado vacante su hermano John, al cumplir la edad mínima requerida de 30 años. Lo consideraron un peso pluma en el ring de la política nacional. El tiempo, los hechos y la política lo convirtieron en un peso pesado en el intercambio de golpes, en el sublime arte del “fair play”, en la obstinada magia de alcanzar acuerdos para el bien común. Ted pasará a la historia como un gran legislador.

El luchador. Su primer logro legislativo fue la Immigration & Nationality Act de 1965 que terminó con el favoritismo hacia los inmigrantes europeos. En los últimos años supo llegar a acuerdos con la oposición en temas de educación y salud. Intentó un proyecto de ley de reforma migratoria. Se unió a la campaña de Barack Obama cuando aún los vientos no iban a favor. Se opuso a la invasión de Irak frente a la cultura de la complacencia política y mediática de un país más preocupado por bailar al son de los tambores de guerra. Ted Kennedy nunca tuvo miedo a desentonar, a desafinar, a ser el otro: el liberal diablesco que la derecha siempre adoró odiar. Su privilegio, su riqueza familiar, fue su condena. Pero fue una condena que los Kennedy (JFK, RFK y EMK) definieron en servicio público, en compromiso con los más vulnerables, en franqueza. Y ahora nos dicen que un tumor se quiere llevar a Teddy. Se irá, claro. No sin antes llegar a un acuerdo con la muerte que permita filtrar un poco más de justicia en la vida. Se irá. Pero antes brindará con whisky —sólo con el mejor: irlandés, claro—, con una sola pieza de hielo y un poquito de agua para estimular el aroma. En gaélico, la bella lengua de los luchadores irlandeses, whisky significa “Agua de Vida”. A su salud, Ted.

Alberto Avendaño
alberto@eltiempolatino.com

Friday, May 16, 2008

Una llamada, una carta y un adiós

La Esquina
Una llamada, una carta y un adiós
Por Alberto Avendaño

Hace tiempo que no me insultan por teléfono. Echo de menos esas voces en español con acento ilocalizable que me dejan esos mensajes en el contestador: “deberían meterlo a usted y a lo que dice de los inmigrantes en una fosa séptica”. Perdón por el olor, pero es saludable recordar que hay latinos a los que no les gustan las palabras de solidaridad, de comprensión, de compasión. La última llamada fue hace dos meses. No me asustó. Me dejó claro que las palabras tienen poder y que al poder se debe acceder con palabras, con ideas, a las que acompañen hechos, nunca armas, nunca violencia, nunca odio. Eso es lo fácil.

La carta. Esta semana me golpeó el alma la carta que nos envió un preso de inmigración internado en la prisión regional de Portsmouth, Virginia. Se queja del trato que recibe, de la mala comida, de que a inmigrantes como él los mezclen “con maleantes en los centros de detención regionales”. Dice sufrir porque se siente “en el olvido, sin la ayuda de nuestros gobiernos, separado de nuestras familias”. Pide que contactemos a su esposa Felicia y a sus dos niñas “de 4 y cinco años de edad”. Ruega que avisemos a su familia en Veracruz, México: que hablemos con su hermano Antonio o con su padre Gonzalo. Clama por ayuda: “para que me deporten a México”. Llamé al cónsul general de México en Washington, Enrique Escorza y le envié la carta de su compatriota. Escorza me contó las gestiones de su gobierno en favor de estas personas. Tomó nota.

El adiós. Por correo-e me cuentan que en Galicia homenajean a Margarita Viñas: una directora de escuela innovadora, vanguardista, intensa. Hace 25 años la llamábamos Tatá y me dio mi primer trabajo para enseñar inglés a los estudiantes de una escuela en mi ciudad natal, Vigo. Ella fue mi musa, mi maga y mi maestra. Y aunque para el lector del área metropolitana de Washington el nombre de Tatá no signifique nada, les digo que no se olviden de apreciar el compromiso social y el empeño profesional de las Tatás que viven entre nosotros. Debemos homenajearlas todos los días para que cuando estemos lejos de ellas no se nos rompa el corazón al recordarlas. Son muchas y a muchas tengo el privilegio de conocer en persona. Pero Tatá pertenece al pasado que vive en mi presente: ella me abrió puertas, me animó en mi vida de radio, de televisión, de libros. Siempre tuvo una sonrisa para mi camino, me escuchó en mi desamparado regreso de Italia, me ofreció su corazón que es su casa junto al mar y me impulsó hacia Estados Unidos cuando el amor y las heridas me llevaron a Texas. En nuestra vida necesitamos de muchas Tatás: para crecer como comunidad, para disfrutar como seres humanos, para ser mejores.

Alberto Avendaño
alberto@eltiempolatino.com

Thursday, May 8, 2008

El acoso ahora llega a Frederick

La Esquina
El acoso ahora llega a Frederick
Por Alberto Avendaño

El vecindario de Hillcrest, es posiblemente uno de los lugares donde la comunidad inmigrante latina se hace más visible en el condado de Frederick, en Maryland. Allí, subiendo hacia el norte por la interestatal 270 y entrando por la Ruta 40 West, la comunidad latina está sumida hoy en la ansiedad que, hasta ahora, parecía ser el ambiente exclusivo de lugares como Prince William en Virginia. Ya no. La rabia ha atravesado el Potomac, rumbo al norte. Y Frederick —un condado donde se mezcla la economía rural con la de alta tecnología— se despertó el mes pasado con una serie de medidas para atacar a la inmigración indocumentada. De pronto, este apacible condado destapó la caja de los truenos. Y sus regidores identificaron al enemigo. Para las autoridades el mal no o el origen de todos los males no es la economía, ni la guerra, ni el acceso a la salud, ni la educación, ni la seguridad pública. La raíz de todo mal se personifica en el inmigrante indocumentado.

La reacción. Una vez identificado el mal, se inició el ataque. El sheriff del condado se ha unido a las autoridades federales para identificar y deportar a indocumentados. Y los comisionados de Frederick —en Prince William se llaman supervisores— han propuesto legislación para prohibir el derecho a la traducción de documentos públicos al español. Y la caza de brujas ha llegado hasta las escuelas a las que se les pide que señalen a los estudiantes que no tienen papeles. El acoso ha comenzado.

Lo de siempre. Un informe de CASA de Maryland, hecho público el 6 de mayo, se pregunta si la furia de Frederick no será un intento, más o menos disfrazado, de atacar, e intentar erradicar una realidad implacable: la presencia del inmigrante. La población hispana del condado se ha más que triplicado desde 1990, pasando de unas 5.000 personas a más de 15.000 y su presencia ha sido positiva: en 2007, por ejemplo, Frederick fue el tercer condado de Maryland en creación de nuevos trabajos. Pero con la política hemos topado: durante su campaña electoral, el sheriff Charles Jenkins (republicano) habló de inmigración, de indocumentados, de pandillas y de seguridad nacional todo en la misma ecuación. Y al mantener la relación entre crimen e inmigración, el sheriff ha superado a otras jurisdicciones de la región: Frederick ha entrenado al 14 por ciento de su fuerza policial para aplicar leyes migratorias, comparado con el 3 por ciento deManassas City y Manassas Park y el 1 por ciento de Prince William. Veremos si la presión social y política pone las cosas en su sitio. O si experimentaremos otro fracaso del sentido común como en Prince William. Llueve sobre mojado en el tema migratorio en nuestra área metropolitana y se repite el triste escenario de siempre.

Alberto Avendaño
alberto@eltiempolatino.com

Friday, May 2, 2008

¿Quién se alegra por Pr. William?

La Esquina
¿Quién se alegra por Pr. William?
Por Alberto Avendaño

Nadie puede alegrarse de vivir en un condado de Virginia donde la mayoría de sus regidores enfatizan el acoso y derribo de los trabajadores indocumentados, como una pieza fundamental de su política. En Prince William alguien está confundiendo el servicio público con la agenda del temor. Por eso los políticos no explican la realidad: que la inmigración indocumentada cumple una función social y económica y es resultado de una fallida legislación federal, que sólo un consenso social compasivo y pragmático trae resultados positivos para las comunidades, que la deportación y la represión —aunque admisibles en algunos casos— no puede ser la única alternativa, que los llamados “ilegales” son, primero de todo y en su inmensa mayoría, trabajadores honestos a los que es inmoral “demonizar”, estigmatizar, deshumanizar... Y antes de establecer el diálogo social, los políticos de Prince William decidieron instaurar el pánico comunitario. Pero con la economía hemos topado.

La economía. El martes 29, la Junta de Supervisores decidió dar un golpe de timón a la dura resolución contra los indocumentados, votada en 0ctubre de 2007, al recortar $3,1 millones que se iban a destinar para pagar la instalación de cámaras de vídeo en las patrullas. La Policía había pedido las cámaras para proteger a los oficiales ante posibles acusaciones y demandas por racismo. Al desaparecer las cámaras, se va parte de la política. Pero no toda.

La decisión. La Junta de Supervisores de Prince William abolió un componente clave de la política del condado para atacar a la inmigración indocumentada. Ahora la policía sólo podrá preguntar y chequear el estatus migratorio de un sospechoso una vez que éste ha sido arrestado. La anterior resolución de la Junta autorizaba a los oficiales a investigar el estatus de cualquiera que éstos considerasen sospechoso de cualquier ofensa. Pero ahí para la benevolencia. La noche del 29, más de 100 personas se presentaron ante la Junta: unos, para pedir que se mantuviera intacta la política antiindocumentados (para lo que, dijeron, aceptarían un alza de impuestos). Otros, para pedir medidas no tan “divisivas y perjudiciales para los negocios”. Y al final se aprobó un presupuesto de $893 millones para el año fiscal 2009 que incluye un incremento del 5 por ciento al impuesto a la vivienda. Los recortes adicionales, por valor de $1,2 millones, afectan a la policía y los servicios para los hijos de los inmigrantes indocumentados deportados. Parece que la débil economía del condado —agravada por la tensión migratoria provocada por la resolución antiindocumentados— frenó un poquito el desenfreno policial que algunos preveían. Pero la maquinaría de presión sin solución sigue en pie.

Alberto Avendaño
alberto@eltiempolatino.com