Wednesday, July 25, 2007

Indocumentado: el miedo, el mito y la realidad


La Esquina
Indocumentado: el miedo, el mito y la realidad


No hace mucho en la historia de este país, cuando la población negra de Estados Unidos luchaba por sus derechos civiles y humanos los medios de comunicación mostraban al afroamericano objeto de un arresto, reprimido por la policía o protagonista de actos de violencia callejera. Las imágenes de televisión y las crónicas periodísticas retrataban a lo afro estadounidense como lo otro, lo ajeno, lo peligroso. Muchas décadas después, con la población negra ya convertida en miembros de pleno derecho de la sociedad, el protagonista de ese mensaje negativo y dañino es el trabajador inmigrante indocumentado —y por extensión todo inmigrante latino, de cierto color y características físicas que los medios y algunos comunicadores se obsesionan en esteriotipar en sus historias. Así se crean las historias para no dormir. Así se genera el miedo.

Corre, latino, corre. La imagen de inmigrantes desesperados corriendo para entrar ilegalmente por la frontera sur está siendo utilizada por algunos medios (ésos son los que hay que apagar, Mr. Schwarzenegger) para hacer de la tragedia humana un arma cargada de odio y mensajes falsos, injustos e injustificados. La mayoría de los latinos no salimos en TV ni se habla de nuestra floreciente realidad en los papeles. Quienes se han apoderado de los altoparlantes hacen creer que todos somos indocumentados y que venimos aquí a vivir del “welfare”. Que nos colamos por la frontera con México para robar el trabajo de los sufridos ciudadanos. Que somos jóvenes solteros y violentos que visten camisetas sudadas por las esquinas. Que abarrotamos las escuelas de niños “ilegales”. Que no pagamos impuestos. Esos son algunos mitos.

La realidad. El reciente documento de la Administradora del Texas, las declaraciones de dos presidentes de la Reserva Federal e investigaciones de organizaciones no partidistas como el Urban Institute lo confirman: el indocumentado no es una carga, es hoy una realidad positiva en las comunidades. Más del 90 por ciento de los indocumentados trabajan, según estudios. Es un índice superior al de los ciudadanos o residentes. Además el indocumentado no es elegible para “welfare”, “food stamps”, “Medicaid” y la mayoría de los otros beneficios públicos. Un estudio revela que entre el 25 y el 40 por ciento de los indocumentados de hoy entraron legalmente al país —algunos sobrepasaron el tiempo que les permitía su visa y otros simplemente violaron los términos de su admisión. La mayoría de los indocumentados conviven con sus parejas o con otros familiares. Más de dos tercios de los niños que tienen padres indocumentados son ciudadanos estadounidenses por nacimiento que viven en familias de estatus mixto. Pagan impuestos de vivienda y otros impuestos que ayudan a financiar las escuelas públicas y otros servicios a nivel local de los que no siempre se benefician. Además, contribuyen más de $7 mil millones al fondo del Seguro Social que nunca podrán reclamar.

—Alberto Avendaño
alberto@eltiempolatino.com

Thursday, July 19, 2007

Sobre rumores, información y responsabilidad

La Esquina
Sobre rumores, información y responsabilidad


Los tiempos que corren no son buenos para la lírica ni para la prensa que quiera ir más allá del titular fácil o de la noticia lucida. Y este ambiente resulta especialmente peligroso cuando al deber de informar se une la necesidad de la rapidez y la idea de que el drama o el alarmismo es más noticioso que la explicación de los hechos. Tomemos el tema migratorio como ejemplo y fijémonos en uno de sus tristes afluentes: las redadas. En el periodismo diario, tanto escrito como de radio y televisión, llama la atención esa especie de perverso y obsesivo círculo sin fin en que se convierte cualquier pieza informativa sobre una posible redada o de controles migratorios en la carretera.

El rumor como noticia. En los medios de comunicación en español —y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra— tendemos a acelerarnos cuando oimos que hay una redada. De inmediato el rumor se convierte en hecho y el hecho en noticia. El rumor se expande como el fuego sobre la hierba seca de la pradera y, de pronto, nos encontramos que el fósforo que lo prendió todo fue alguien que conoce a alguien que vio algo —¿Un vehículo de ICE en la 270?. El problema es que en emisoras de radio local o en canales de TV ya se propagó de la voz de emisarios anónimos, el rumor como noticia. La mejor defensa contra el rumor debe ser preguntar al menos tres preguntas como éstas: ¿Eso que comunica lo ha visto usted en persona? ¿Qué es lo que ha visto exactamente y dónde? ¿Por qué lo llama “redada”? No existe ninguna obligación periodística en sacar al aire las voces del temor.

Responsabilidad. Existe sin embargo la responsabilidad de verificar la noticia —enviando a reporteros si fuera necesario al lugar donde se están produciendo los supuestos hechos noticiosos. Es irresponsable gritar a los cuatro vientos cada pocos minutos que hay una redada en tal o cual lugar, que nadie de se dirija hacia acá o hacia allá si las fuentes de esa información no son sólidas. Es nuestra responsabilidad como comunicadores explicar la realidad, darle contexto, y nunca desbordarla. Ya existe suficiente temor en la comunidad inmigrante indocumentada. No echemos más leña a un fuego que no la necesita. Ser responsables, además, implica mantener las líneas de comunicación abiertas no sólo con la comunidad a la que servimos como medios de comunicación, sino también con los organismos y autoridades pertinentes. Aunque su función sea más represiva que compasiva y comprensiva —como desgraciadamente es el caso en estos momentos. Debemos disculparnos con humildad y profesionalismo cuando los árboles de la urgencia nos impidan ver el bosque de la noticia. O cuando la verdad se nos escape al obsesionarnos por el calor del momento.

—Alberto Avendaño
alberto@eltiempolatino.com

Thursday, July 12, 2007

Que trabajen ellos solos en Pr. William


La Esquina
Que trabajen ellos solos en Pr. William


Los supervisores del condado de Prince William, en el norte de Virginia, votaron la noche del 10 de julio una resolución para acosar a los indocumentados y negarles acceso a servicios públicos. El republicano John T. Stirrup Jr., de Gainesville, ha liderado esta iniciativa y, con sus declaraciones, ha mostrado el rostro del racismo y el miedo al inmigrante que se apodera últimamente de ciertas comunidades. Stirrup ha llegado a decir que en lugares de alta concentración latina como Woodbridge debería ondear una “Hispanic flag”. Más allá del hecho de que esa bandera no existe, está claro el tipo de bandera que ondea en el turbulento cerebro de este señor.

Muchos y trabajadores.
La comunidad hispana en Prince William ha pasado de ser el 10 por ciento de la población en el año 2000 al 20 por ciento que es hoy. La mayoría son trabajadores que ayudan a que los servicios del condado funcionen y a que la economía no se estanque. La mayoría son familias que se esfuerzan por integrarse en este país, criando a sus hijos, contribuyendo con su trabajo. Y muchos son pequeños empresarios latinos que forman parte de una exitosa realidad que incluye a más de 20 mil pequeños negocios hispanos en el área metropolitana. Pero lo que se decidió y lo que se escuchó la noche del martes en el edificio de gobierno del condado debe preocupar a los estadounidenses conscientes de las tradiciones democráticas de su país y a los seres humanos con restos de sensibilidad en sus venas. Se insultó a los hispanos por hablar español, al inmigrante por supuestamente atraer el crimen y a las familias por ser quienes son.

Intolerancia. Ese es uno de los grandes pecados que cometen en diferentes etapas de su historia algunas sociedades. Pero la masa no tiene cerebro. Personajes como Stirrup y muchos legisladores en el Congreso sí lo tienen y lo utilizan para enfocar el retrato del odio en el indocumentado, en lo latino y, al final, en toda sangre nueva inmigrante. Ellos son los que no entienden la dinámica de su propio país. La realidad, documentada o no, es más poderosa y filosóficamente más estadounidense que el temor a lo extranjero. Quien trabaja y está integrado en este país debe ser legalizado. La otra opción —la que se escuchó en Prince William y por la que se optó en el Senado recientemente— es la creación de un ambiente de caza de brujas, de represión indiscriminada, de intolerancia. Si los supervisores del condado no quieren que les hablen en español (Estados Unidos es el segundo país hispanohablante del mundo) les sugerimos que se refugien en una isla desierta. Si no quieren que los trabajadores sean latinos, sugerimos que hablen con los empresarios que los contratan —a lo mejor pueden clonar mano de obra anglosajona. Si no quieren inmigrantes, que trabajen ellos.

—Alberto Avendaño
alberto@eltiempolatino.com

Friday, July 6, 2007

La vergüenza que se declaró en el Senado

La Esquina
La vergüenza que se declaró en el Senado


Aquí pueden pasar dos cosas: o nos avergonzamos de vivir en este país, de ser ciudadanos, de ser residentes, de criar a nuestros hijos en esta tierra; o nos convencemos de que hay que tirar p’alante, de que somos parte inseparable de la estructura social, política, cultural, económica y afectiva de este país. Que no hay nada horripilante de este país que no se pueda corregir con lo bello de este país. Porque después de escuchar las estupideces de muchos senadores —a veces la ignorancia insulta y daña— tuvimos que sufrir las groseras “verdades” de comentaristas televisivos y radiofónicos que, en inglés, acusaron a los millones de indocumentados de este país de traer y propagar enfermedades.

Idiotas. La idiotez es una enfermedad que cuando se encarna en un político o en un ideólogo puede degenerar en epidemia. Tal vez por eso abundan en los medios de comunicación en inglés personas —que por razones higiénicas evitamos nombrar aquí— cuya misión en la vida es destruir la reputación de la comunidad latina de Estados Unidos y en Estados Unidos. De otra forma no se puede interpretar el asalto de estos supuestos analistas a la creciente presencia latina en el país. Hoy el indocumentado latino es chivo expiatorio de toda la mediocridad política del país y blanco de francotiradores racistas y xenófobos. El fracaso del proyecto de ley de reforma migratoria que debatía el Senado ha servido para que demasiados medios de comunicación ofrecieran una plataforma a la retórica del insulto, de la mentira y de la distorsión de la relaidad de los inmigrantes.

¿Y ahora qué?. Mirar hacia el futuro con esperanza. Que cuando una puerta se cierra otra se abre. Y que la realidad económica y demográfica no se puede contener o esconder en el diminuto frasquito de los ignorantes. Quienes piensan que los indocumentados son terroristas o enfermos infecciosos o ladrones de puestos de trabajo... deberían consultar los datos económicos de su comunidad, de su país, los que ofrecen instituciones de solvencia nacional. Consultar la lista de los empleadores. Las proyecciones que establecen la relación entre el flujo migratorio y el futuro socioeconómico del país. Estados Unidos carece de una estructura legal migratoria realista capaz de manejar y gestionar la realidad de los inmigrantes que llegan y que están aquí, así como se echa en falta el marco legal que responda de manera rápida y efectiva a las necesidades de mano de obra de las empresas. En lugar de ayudar a crear ese terreno de juego, los senadores decidieron el jueves 28 de junio dinamitar la cancha con los inmigrantes dentro. Los indocumentados ahora sufren la amnistía de la dispersión. Seguirán generando riqueza mientras son perseguidos y arrinconados en los márgenes de una sociedad insensible.

—Aberto Avendaño
alberto@eltiempolatino.com