Friday, April 20, 2007

Digamos no a las armas en las calles

La Esquina
Digamos no a las armas en las calles

Este país revive ciclos de reflexión cuando suceden targedias como la masacre de Virginia Tech. Y se recupera un debate que nunca se debió haber abandonado: la cultura estadounidense de la posesión de armas, del fácil acceso a las armas de fuego. La paradoja de que hay que tener 18 años para poder comprar armas que sirven para matar con efectividad y rapidez. Pero hay que cumplir 21 para poder acceder legalmente a una botella de alcohol. Surgirán de nuevo las voces que apelen a la segunda enmienda de la Constitución para decir que ser de aquí te da el derecho a portar armas. No importa que esa enmienda se haya escrito en el siglo XVIII y para otra realidad. Las leyes y las enmiendas las hacen y las cambian los humanos. Además, los defensores de ese “derecho” —apoyados estruendosamente y millonariamente por la influencia de la Asociación Nacional del Rifle (NRA)— repetirán que las armas no matan. Sólo las personas matan.

Los que matan. El fácil acceso —”el derecho”— a las armas es un factor de riesgo para el homicidio. A quien decide matar hay que ponerle difícil el acceso a la tecnología de la muerte. ¿Qué función cumplen esos rifles y pistolas de guerra para el llamado deporte de la caza o para la protección individual? Son armas de masacre no de autodefensa. Pero ¿por qué balas para protegerse? Un artículo de Hepburn y Hemenway de la universidad de Harvard señalaba en 2003 que en los hogares donde hay armas aumenta el riesgo de muerte violenta y no se aprecia un efecto beneficioso “neto” en la posesión del arma.

Salud pública. Se estima que hay más de 200 millones de armas de fuego en manos privadas y para uso de adultos. El dato no incluye al submundo de la delincuencia y del mercado negro. Los defensores del uso de armas entre los ciudadanos aseguran que cada 13 segundos un estadounidense utiliza un arma de fuego para defenderse de un atacante. Claro que, según el FBI, en 2004 el 66 por ciento de los homicidios fueron cometidos por armas de fuego. En un día promedio en este país, las armas de fuego se utilizan para matar a unas 80 personas y para herir a unas 300. Cualquier otro producto con ese efecto desastroso provocaría una reacción social de considerables proporciones. Pero las espeluznantes estadísticas se toman como otro dato de la alta criminalidad en la nación. En el libro “Private Guns, Public Health”, David Hemenway dice que el tema de las armas en las calles y en los hogares debe ser tomado como una cuestión de salud pública y de protección del consumidor. Se trata, según Hemenway, de enfatizar prevención sobre castigo. Una posición que ha tenido éxito en reducir las fatalidades y la gravedad de los afectados por enfermedades infecciosas, accidentes de autos, y por el consumo de tabaco.

—Alberto Avendaño
alberto@eltiempolatino.com

Friday, April 13, 2007

Vergüenza demócrata en Annapolis

La Esquina
Vergüenza demócrata en Annapolis

Es una vergüenza que se desaproveche la oportunidad de materializar en ley una propuesta que ayudaría a superarse a uno de los sectores más vulnerables de nuestra comunidad. Pero eso es lo que ha ocurrido esta semana durante la clausura de la Asamblea de Maryland, en Annapolis. La mayoría demócrata no ayudó a los estudiantes indocumentados. Se negaron a unir filas en apoyo del proyecto de ley HB6 patrocinado por el delegado Víctor Ramírez, representante demócrata del Distrito 47 —Prince George’s. Se trataba de reconocer e integrar la presencia de estos jóvenes que son de aquí, han estudiado aquí y cuya única diferencia —y desventaja— ante sus compañeros de clase es que sus padres los trajeron al país de las oportunidades sin papeles. Abrirles las puertas de la universidad con tarifas de residentes es, como escribió en su día el delegado Ramírez, apostar por una comunidad mejor.

El clamor de Ramírez. En El Tiempo Latino y en todos los foros donde su voz se hizo escuchar, el delegado Ramírez pidió apoyar la HB6 desde el sentido común. Enfatizó que no se trataba de una propuesta partidista. A lo largo del país, 10 estados han aprobado legislación de este tipo con apoyo bipartidista. Y tres gobernadores republicanos la han firmado en ley. En Maryland fue vetada en su día por el gobernador republicano Robert Ehrlich. Con un gobernador demócrata en Annapolis, ahora surgía la oportunidad de abrirles las puertas del sueño americano a algunos de nuestros jóvenes. ¿Por qué los demócratas dijeron NO? ¿Cuál es el juego?

Un juego cruel. La HB6 proponía que para pagar matrícula universitaria como residentes, los estudiantes debían haberse graduado de una escuela secundaria de Maryland, ir a la universidad dentro de los tres años de su graduación, entrar en el camino a la ciudadanía y demostrar que su familia ha estado pagando impuestos. Dado su estatus actual, estos estudiantes no serían elegibles para ayudas federales o estatales. No era una propuesta perfecta, pero sí un camino realista y compasivo. En la Cámara de Delegados se aprobó —con 20 votos demócratas en contra. En el Senado estatal —con 13 republicanos y 34 demócratas— la medida nunca pasó al pleno. Se mantuvo en el limbo de Comité. Los demócratas necesitaban 24 votos para pasar la legislación. Tenían asegurados 25. ¿Por qué nunca pasó al pleno? ¿Por qué nunca llegó a la mesa del gobernador Martin O’Malley? ¿Dónde está el liderazgo demócrata que se llena la boca de retórica pro inmigrante en constante cortejo del voto latino? Si una oportunidad como ésta se deja escapar ¿qué seguridad tiene el votante latino comprometido con su comunidad de que los juegos o las cobardías políticas no los condenarán en el futuro al sótano de las prioridades?

—Alberto Avendaño
alberto@eltiempolatino.com

Friday, April 6, 2007

La frontera del español en este país

La Esquina
La frontera del español en este país


El español en Estados Unidos es la nueva frontera. A veces parece el salvaje oeste —wild west— donde todo vale y, por un puñado de dólares, se masacra a golpe de colt —revólver— al léxico, a las construcciones, a la integridad de muchos hablantes. Al mismo tiempo es el espacio o planicie infinita de la esperanza en la construcción de algo nuevo sobre la base de aquel castellano que desembarcó armado de cruces y espadas en un continente rico y diverso. En Estados Unidos tenemos la oportunidad de materializar un nuevo sincretismo lingüístico, es decir, la fusión y asimilación de palabras, giros y jergas para dar a luz al español norteamericano. Es un español que ya está naciendo con la influencia del inglés y las diferentes influencias latinoamericanas en los estados de la Unión. Y es un proceso doloroso.

El Spanglish. En realidad lo hablan los estadounidenses de habla inglesa. Ellos dicen tortilla, sombrero, lazo, cero, nada, número uno... en el habla cotidiana, en inglés. Nosotros decimos computadora, closet, registrarse, aplicar... Luego existe la jerga del que loquea la puerta para cerrarla con llave —lock— y no para volverla loca. Es el Espanglés del que habla el académico Emilio Bernal Labrada, quien asistió recientemente al Congreso de las Academias de la Lengua Española que tuvo lugar en Medellín, Colombia. Allí se presentaron ponencias y propuestas, entre otros, de Bernal y del director de la Academia Norteamericana, Odón Betanzos Palacios. La obsesión: controlar el caballo desbocado del castellano en las praderas estadounidenses .

Controlar, no reprimir. Hace poco, una pieza de publicidad publicada en este periódico promocionando un servicio del IRS y del condado de Fairfax decía: “I take credit for not living paycheck to paycheck”. La traductora contratada por El Tiempo Latino tradujo: “Me atribuyo todo el mérito de no vivir hoy al día con mi sueldo”. La traducción fue aceptada por este periódico, pero rechazada por el anunciante. Según ellos, “I take credit” debía traducirse como “Yo me acredito”. Por desgracia eso fue lo que se publicó aunque nunca se supo quién es el traductor profesional de Fairfax. No hace mucho, un anuncio de un grupo musical que iba a actuar en el área hablaba de “intoxicating rythms”. Este periódico lo tradujo, como “ritmos embriagadores”. El anunciante exigió que se pusiera “ritmos intoxicantes”. Esa vez se consiguió publicar lo embriagador y no lo tóxico. Son sólo dos ejemplos de una lista de tortura. Los académicos, los medios, los profesionales debemos unirnos para controlar, no reprimir. Pero hay que hacer sonar la voz de alarma para que los ignorantes —supuestos hispanos— no ganen batallas con textos absurdos. Gritémosles bien claro: “Say it en español”

—Alberto Avendaño
alberto@eltiempolatino.com