Digamos no a las armas en las calles
La Esquina
Digamos no a las armas en las calles
Este país revive ciclos de reflexión cuando suceden targedias como la masacre de Virginia Tech. Y se recupera un debate que nunca se debió haber abandonado: la cultura estadounidense de la posesión de armas, del fácil acceso a las armas de fuego. La paradoja de que hay que tener 18 años para poder comprar armas que sirven para matar con efectividad y rapidez. Pero hay que cumplir 21 para poder acceder legalmente a una botella de alcohol. Surgirán de nuevo las voces que apelen a la segunda enmienda de la Constitución para decir que ser de aquí te da el derecho a portar armas. No importa que esa enmienda se haya escrito en el siglo XVIII y para otra realidad. Las leyes y las enmiendas las hacen y las cambian los humanos. Además, los defensores de ese “derecho” —apoyados estruendosamente y millonariamente por la influencia de la Asociación Nacional del Rifle (NRA)— repetirán que las armas no matan. Sólo las personas matan.
Los que matan. El fácil acceso —”el derecho”— a las armas es un factor de riesgo para el homicidio. A quien decide matar hay que ponerle difícil el acceso a la tecnología de la muerte. ¿Qué función cumplen esos rifles y pistolas de guerra para el llamado deporte de la caza o para la protección individual? Son armas de masacre no de autodefensa. Pero ¿por qué balas para protegerse? Un artículo de Hepburn y Hemenway de la universidad de Harvard señalaba en 2003 que en los hogares donde hay armas aumenta el riesgo de muerte violenta y no se aprecia un efecto beneficioso “neto” en la posesión del arma.
Salud pública. Se estima que hay más de 200 millones de armas de fuego en manos privadas y para uso de adultos. El dato no incluye al submundo de la delincuencia y del mercado negro. Los defensores del uso de armas entre los ciudadanos aseguran que cada 13 segundos un estadounidense utiliza un arma de fuego para defenderse de un atacante. Claro que, según el FBI, en 2004 el 66 por ciento de los homicidios fueron cometidos por armas de fuego. En un día promedio en este país, las armas de fuego se utilizan para matar a unas 80 personas y para herir a unas 300. Cualquier otro producto con ese efecto desastroso provocaría una reacción social de considerables proporciones. Pero las espeluznantes estadísticas se toman como otro dato de la alta criminalidad en la nación. En el libro “Private Guns, Public Health”, David Hemenway dice que el tema de las armas en las calles y en los hogares debe ser tomado como una cuestión de salud pública y de protección del consumidor. Se trata, según Hemenway, de enfatizar prevención sobre castigo. Una posición que ha tenido éxito en reducir las fatalidades y la gravedad de los afectados por enfermedades infecciosas, accidentes de autos, y por el consumo de tabaco.
—Alberto Avendaño
alberto@eltiempolatino.com






