La larga lista de los candidatos a la presidencia

Los demócratas, es decir, los recién llegados a una delicada mayoría en el Congreso tienen por delante dos años para reclamar el primer premio político del país: la presidencia. La misión de los republicanos es mantener a uno de los suyos en la Casa Blanca. El actual inquilino se va con la música a otra parte y, mientras prepara las maletas, a su alrededor los aspirantes republicanos rezan para que el camino les quede franco y ausente de debacles —léase Irak— o para establecer la estrategia del distanciamiento que se resume en el dicho:ése republicano no soy yo. Pero ese bando todavía carece de forma: sólo el nombre del senador John McCain suena como música de una vieja canción. Con los demócratas ocurre todo lo contrario: hay exceso,

exhuberancia de pretendientes a la presidencia. Tal vez huelen sangre. Suponen que el legado de George W. Bush será tan desastroso que el votante se irá con la oposición sin importar apellidos o credenciales. Tal vez piensen que en las presidenciales del 2008 no se trata de que gane el mejor, sino de que gane el otro. Sea quien sea.
El efecto piñata. Es lo que se produce cuando un partido —en este caso el Demócrata— decide saltar alto para golpear más fuerte. Impulsado por la reciente victoria legislativa a nivel federal y por una presidencia a la deriva con muy poco margen para ayudar a enderezar el rumbo del partido al que representa. Pero la atracción de la piñata tiene sus riesgos: demasiada ansiedad, exceso de contendientes o pretendientes. Demasiados palos para quebrar el símbolo que guarda en su seno el premio mayor: regir los destinos de la nación.
Clinton, Obama, Richardson. Los tres mosqueteros eran cuatro. Por eso a Hillary, Barack y Bill hay que unirles a John Edwards, el que aspirara a vicepresidente con la fallida candidatura de John Kerry en 2004. Pero la lista gira alrededor de algo así como una docena de candidatos para las primarias demócratas. Iowa será el primer campo de batalla en contar votos. Pero será en la South

Carolina State University donde, el 26 de abril, se dispute el primer debate. Estamos seguros de que el escenario es el apropiado y esperamos que el espacio sea lo suficientemente grande. Sin duda la puesta en escena va a contar y mucho en este preambulo electoral. Por primera vez, desde 1928, ambos partidos disputarán la nominación presidencial sin la presencia e influencia directa de un presidente o un vicepresidente en activo como parte de la contienda. Lo que nos espera —junto al enigma de cómo se venderán los candidatos republicanos— es una avalancha de demócratas acusaciones cruzadas que se unirán cual rayo laser contra el objetivo común: la idea de que se va un presidente con su partido bajo el brazo y lo que llega es la esperanza. Será el mayor espectáculo del mundo. Democracia made in USA.
—Alberto Avendaño
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